En la 56a edición del Festival Internacional de Cine de Berlin se hizo una convocatoria a cualquiera que realizara un cortometraje con el tema “comida y hambre”. Fueron 3600 los cortos enviados y 32 los seleccionados para ser proyectados en el Campus Talent de la Berlinale. Chicken a la Carte dirijido por el filipino Ferdinand Dimadura se llevó el premio del público.
La nota que causó debate hace unos días… ¿Usted qué opina?
Periódico La Jornada
Martes 22 de diciembre de 2009, p. 29
Con el voto mayoritario de los diputados de PRD y PT, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF) aprobó ayer las reformas al Código Civil de esta capital, mediante las cuales se legaliza el matrimonio entre parejas del mismo sexo, quienes incluso tendrán derecho a adoptar hijos.
Los coordinadores del PAN, Mariana Gómez del Campo, y del PRI, Israel Betanzos –quienes tuvieron el apoyo del PVEM–, anunciaron que promoverán una acción de inconstitucionalidad ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) y demandaron al jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, que vete esa disposición y no entre en vigor dentro de 45 días, como fija el dictamen avalado.
El debate en tribuna lo dieron los legisladores de PRD y PAN, quienes durante tres horas no sólo expusieron argumentos jurídicos, sino que llegaron a la confrontación verbal, a las acusaciones de corruptos e ignorantes, y al cuestionamiento de las preferencias sexuales de diputados o militantes partidistas.
Esto último obligó a los coordinadores de PAN, PRI y PRD a improvisar una reunión en el pleno para acordar que se pusiera alto a las descalificaciones desde la tribuna. Por lo que ordenaron a sus huestes no responder las alusiones y pasar a la votación del dictamen en lo general. En ese momento se comenzó a hacer historia: los diputados de PRD y PT sumaron 39 sufragios a favor de las reformas, contra 20 de PAN, PVEM y dos priístas: Emiliano Aguilar y Octavio West.
La maniobra del PAN contra esas reformas se vislumbró desde el primer momento, cuando el diputado Carlo Fabián Pizano presentó una moción suspensiva para que el dictamen sobre los matrimonios entre parejas del mismo sexo se regresara a comisiones, con el mismo argumento que utilizaron en el caso de las modificaciones en materia de aborto y la Ley de Sociedades de Convivencia: se está pretendiendo legislar al vapor, y es necesario más tiempo para su análisis. Su intento fue infructuoso, al desecharse el recurso legislativo por 35 votos contra 26.
El perredista David Razú, promovente de la iniciativa, argumentó que las reformas al Código Civil no buscan sino el reconocimiento de derechos para un sector social, al que permanentemente y de manera por demás injustificada se le han negado, sin que esto vulnere el derecho de ninguna otra persona o grupo social. Remachó:quienes se oponen no han podido producir un solo argumento válido en términos de pérdidas de derechos sobre el concepto actual del matrimonio.

La XV Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático se celebró en Copenhague, Dinamarca, desde el 7 al 18 de diciembre de 2009. Esta conferencia fue organizada por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), que organiza conferencias anuales desde 1995 con la meta de preparar futuros objetivos para reemplazar los del Protocolo de Kioto, que termina en 2012.
El objetivo de la conferencia, según los organizadores, es "la conclusión de un acuerdo jurídicamente vinculante sobre el clima, válido en todo el mundo, que se aplica a partir de 2012".
El objetivo final (a largo plazo) es la reducción mundial de las emisiones de CO2 en al menos un 50% en 2050 respecto a 1990, y para conseguirlo los países deben marcarse objetivos intermedios. Así, los países industrializados deberán reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero entre un 25% y un 40%, respecto a los niveles de 1990 en el año 2020 y deberían alcanzar una reducción entre el 80% y el 95% para 2050.[1]
En la cumbre se reunieron los mejores expertos en medio ambiente, los ministros o jefes de estado y organizaciones no gubernamentales de los 192 países miembros de la CMNUCC. Esta fue la última conferencia para preparar el período post-Kioto. Fue la primera vez que los Estados Unidos participaron, siendo estos los únicos que no han firmado la ratificación del Tratado de Kioto.
Artículo Completo: http://es.wikipedia.org/wiki/Conferencia_de_Copenhague_2009
En el Daily Telegraph, Andrew Gilligan ha publicado el 5 de diciembre de 2009, un artículo titulado "La Cumbre del Clima de Copenhague en 1200 limusinas, 140 jets privados y bocadillos de caviar".
En el Daily Telegraph, Andrew Gilligan ha publicado el 5 de diciembre de 2009, un artículo titulado "La Cumbre del Clima de Copenhague en 1200 limusinas, 140 jets privados y bocadillos de caviar".
Nos enteramos de cosas sorprendentes y totalmente incoherentes con el objetivo de la cumbre, lo que sugiere que esta reunión es un gran engaño, que sólo la asistencia de los participantes produjeron el equivalente a 41,000 toneladas de CO2, la cantidad producida durante el mismo período por una ciudad del tamaño de Middlesbrough (N.T. 140,000 habitantes, una de las ciudades industriales del norte de Inglaterra). La mayor compañía de alquiler de limusinas de Copenhague, cuenta con 12 vehículos, pero para satisfacer las necesidades de la cumbre, que será de 200 vendrán más de Alemania y Suecia. En total, 1.200 limusinas están presentes en la ciudad de Copenhague, 42 para Francia, mientras que sólo 5 coches eléctricos serán identificados… El aeropuerto de Copenhague que le espera, 140 aviones adicionales privados, que es mucho más de su capacidad. ¡Algunos aviones irán a estacionarse en otros aeropuertos regionales en Suecia, y volverán a Copenhague sólo para encontrar a sus pasajeros!
En términos de gente, 15,000 delegados y funcionarios, 5,000 periodistas y 98 líderes del mundo se esperan en la capital danesa, incluyendo estrellas como Leonardo DiCaprio, Daryl Hannah, Helena Christensen, el Arzobispo Desmond Tutu y el Príncipe Carlos. El hotel de lujo “Afichent” (£ 650 la noche algo así como $13,400 pesos) esta completamente lleno, y ofrecen menús especiales para la Convención sobre el Clima con Coquille Saint-Jacques, foie gras (pate de ganso) y caviar.
Y las prostitutas "son gratis" en la Conferencia Mundial: una tarjeta del Consejo insta a los delegados a "ser sostenibles y no a la compra de sexo", el sindicato local de trabajadores sexuales, ha anunciado que sus 1,400 miembros proporcionaran un “servicio” a cualquier persona que se presente con un pase de delegado de la conferencia sobre el clima!
Por último para tranquilizarnos un poco, hay que señalar que Copenhague es una ciudad llena de bicicletas, con las antiguas construcciones rehabilitadas para ahorrar energía, y parece encarnar un modelo de vida civilizada sin abuso de CO2!
La última reunión:
Un poco de música en vivo, un poco de música de DJ’s realmente malos (ja, ja, ja). En fin, una fiesta no apta para gente fácilmente impresionable. De verdad.
De cualquier modo, saludos y felicidades a todos. Yo, me voy de paseo unos días, pero seguiré escribiendo por aquí… Aunque no haya visitantes. Ja, ja.
Y aquí dejo mi cartita a los “Reyes”:
Queridos Reyes Magos:
Este año me he portado realmente mal, por eso, mi petición no es algún regalo para mí. Es simplemente un favor:
Ojalá nos pudieran mandar más lectores a este sitio. ¿Sí? Por favor.
Gracias.
El próximo año prometo portarme peor.
Recordando un poco lo que se publicaba en la entrada “La lectura en México“, recordaba que mencionaba algo así como el hecho de que somos malos en la lectura a nivel nacional pero que no lo sabemos porque no lo hemos leído:
Era la posada, el recorrido tradicional, el frío de siempre y el ponche que lo amortigua. Después llegaron las piñatas; únicamente tres, pero no importa.
Las piñatas fueron llenadas con fruta, dulces, juguetes y varios papeles pequeños con leyendas: “Vale por $10, vale por $20″. Había unos diez papelitos por piñata.
Observaba cómo pasaban todos a intentar romperlas y cuando lo lograban, corrían desesperadamente a recoger lo que pudieran. Pude notar que varios de los intrépidos tomaban los papelitos con las leyendas de dinero. Algunos los guardaban en sus bolsas, otros los dejaron tirados. Esto se repitió en todas las piñatas.
Al final, nadie reclamó su dinero. Me pregunto si tiene algo que ver con la cuestión de la lectura o si realmente la modestia y humildad entre la gente es capaz de existir. También me pregunto si esta entrada será leída por alguien que no sea algún conocidillo… o yo.
BREVÍSIMA RESEÑA DE CARL SAGAN
Carl Edward Sagan (Brooklyn, Estados Unidos; 9 de noviembre de 1934 – Seattle, Estados Unidos; 20 de diciembre de 1996)1 2 fue un popular astrónomo y divulgador científico de Estados Unidos. Fue pionero en campos como la exobiología y promotor del proyecto SETI (literalmente Búsqueda de inteligencia extraterrestre). Conocido por el gran público por la serie para la televisión de Cosmos: Un viaje personal, presentada por él mismo y escrita junto con su tercera y última esposa, la científica Ann Druyan (también estuvo casado con la prestigiosa bióloga Lynn Margulis). Fue titular de la cátedra de astronomía y ciencias del espacio de la Universidad Cornell en Estados Unidos.
http://es.wikipedia.org/wiki/Carl_Sagan
Carl Sagan muere en 1996. EL MUNDO Y SUS DEMONIOS se convierte en una de sus mejores publicaciones. Ésta se publica en 1997, por lo que no pudo verla publicada ni saber de las reacciones que produciría.
Para los novatos en la lectura de Sagan, cabe mencionar que antes de cada capítulo o parte de sus libros, agrega algunas reflexiones, citas literarias o frases célebres, con la intención de darle un mayor sentido y una mejor comprensión. Aunque leer Sagan… es como leer un cómic de la ciencia… Valga la vulgar metáfora.
He aquí el prefacio de: EL MUNDO Y SUS DEMONIOS
Prefacio
MIS PROFESORES
Era un día de tormenta en el otoño de 1939. Afuera, en las calles alrededor del edificio de apartamentos, las hojas caían y formaban pequeños remolinos, cada una con vida propia. Era agradable estar dentro, a salvo y caliente, mientras mi madre preparaba la cena en la habitación contigua. En nuestro apartamento no había niños mayores que se metieran con uno sin razón. Precisamente, la semana anterior me había visto envuelto en una pelea… no recuerdo, después de tantos años, con quién: quizá fuera con Snoony Agata, del tercer piso… y, tras un violento golpe, mi puño atravesó el cristal del escaparate de la farmacia de Schechter.
El señor Schechter se mostró solícito; <<No pasa nada, tengo seguro>>, dijo mientras me untaba la muñeca con un antiséptico increíblemente doloroso. Mi madre me llevó al médico, que tenía consulta en la planta baja de nuestro bloque. Con unas pinzas extrajo un fragmento de vidrio, y provisto de aguja e hilo, me aplicó dos puntos.
<<¡Dos puntos!>>, había repetido mi padre por la noche. Sabía de puntos porque era cortador en la industria de la confección; si trabajo consistía en cortar patrones -espaldas, por ejemplo, o mangas para abrigos y trajes de señora- de un montón de tela enorme con una temible sierra eléctrica. A continuación, unas interminables hileras de mujeres sentadas ante máquinas de coser ensamblaban los patrones. Le complacía que me hubiera enfadado tanto como para vencer mi natural timidez.
A veces es bueno devolver el golpe. Yo no había pensado ejercer ninguna violencia. Simplemente ocurrió así. Snoony me empujó y, a continuación, mi puño atravesó el escaparate del señor Schechter. Yo me había lesionado la muñeca, había generado un gasto médico inesperado, había roto un cristal, y nadie se había enfadado conmigo. En cuanto a Snoony, estaba más simpático que nunca.
Intenté dilucidar cuál era la lección de todo aquello. Pero era mucho más agradable intentar descubrirlo en el calor del apartamento, mirando a través de la ventana de la sala la bahía de Nueva York, que arriesgarme a un nuevo contratiempo en las calles.
Mi madre se había cambiado de ropa y maquillado como solía hacer siempre antes de que llegara mi padre. Casi se había puesto el sol y nos quedamos los dos mirando más allá de las aguas embravecidas.
-Allí afuera hay gente que lucha, y se matan unos a otros-dijo haciendo una señal vaga hacia el Atlántico. Yo miré con atención.
-Lo sé-contesté-. Los veo.
-No, no los puedes ver-repuso ella, casi con severidad, antes de volver a la cocina-. Están demasiado lejos.
¿Cómo podía saber ella si yo los veía o no?, me pregunté. Forzando la vista, me había parecido discernir una fina franja de tierra en el horizonte sobre la que unas pequeñas figuras se empujaban, pegaban y peleaban con espadas como en mis cómics. Pero quizá tuviera razón. Quizá se trataba sólo de mi imaginación; como los monstruos de media noche que, en ocasiones, todavía me despertaban de un sueño profundo, con el pijama empapado de sudor y el corazón palpitante.
¿Cómo se puede saber cuando alguien sólo imagina? _Me quedé contemplando las aguas grises hasta que se hizo de noche y me mandaron a lavarme las manos para cenar. Para mi delicia, mi padre me tomó en los brazos. Podía notar el fío del mundo exterior contra su barba de un día.
Un domingo de aquel mismo año, mi padre me había explicado con paciencia el papel del cero como punto de origen en aritmética, los nombres de sonido malicioso de los números grandes y que no existe el número más grande (<<Siempre puedes añadir uno más>>, decía). De pronto me entró una compulsión infantil de escribir en secuencia todos los números enteros del uno al mil. No teníamos ninguna libreta de papel, pero mi padre me ofreció el montón de cartones grises que guardaba cuando le traían las camisas de la lavandería. Empecé el proyecto con entusiasmo, pero me sorprendió lo lento que era. Cuando me encontraba todavía en los cientos más bajos, mi madre anunció que era la hora del baño. Me quedé desconsolado. Tenía que llegar a mil. Intervino mi padre, que toda la vida actuó de mediador: si me sometía al baño sin rechistar, él continuaría la secuencia por mí. Yo no cabía en mí de contento. Cuando sólo un poco después de la hora habitual de acostarme. La magnitud de los números grandes nunca ha dejado de impresionarme.
También en 1939, mis padres me llevaron a al Feria Mundial de Nueva York. Allí se me ofreció una visión de un futuro perfecto que la ciencia y la alta tecnología habían hecho posible. Habían enterrado una cápsula llena de artefactos de nuestra época, para beneficio de la gente de un futuro lejano… que, asombrosamente, quizá no supiera mucho de la gente de 1939. el <<mundo del mañana>> sería impecable, limpio, racionalizado y, por lo que yo podía ver, sin rastro de gente pobre.
<<Vea el sonido>>, ordenaba de modo desconcertante un cartel. Y, desde luego, cuando el pequeño martillo golpeaba el diapasón aparecía una bella onda sinusoide en la pantalla del osciloscopio. <<Escuche la luz>>, exhortaba otro cartel. Y, cuando el flash iluminó la fotocélula, pude escuchar algo parecido a las interferencias de nuestra radio Motorola cuando el dial no daba con la emisora. Sencillamente, el mundo encerraba una serie de maravillas que nunca me había imaginado. ¿cómo podía convertirse un tono en una imagen y la luz en un ruido?
Mis padres no eran científicos. No sabían casi nada de ciencia. Pero, al introducirme simultáneamente en el escepticismo y lo asombroso, me enseñaron los dos modos de pensamiento difícilmente compaginables que son la base del método científico. Su situación económica no superaba en mucho el nivel de pobreza. Pero cuando anuncié que quería ser astrónomo recibí un apoyo incondicional, a pesar de que ellos (como yo) sólo tenían una idea rudimentaria de lo que hace un astrónomo. Nunca me sugirieron que lo mejor sería más oportuno que me hiciera médico o abogado.
Me encantaría poder decir que en la escuela elemental, superior o universitaria tuve profesores de ciencias que me inspiraron. Pero, por mucho que buceo en mi memoria, no encuentro ninguno. Se trataba de una pura memorización de la tabla periódica de los elementos, palancas y planos inclinados, la fotosíntesis de las plantas verdes y la diferencia entra la antracita y el carbón bituminoso. Pero no había ninguna elevada sensación de maravilla, ninguna indicación de una perspectiva evolutiva, nada sobre las ideas erróneas que todo el mundo había creído ciertas en otra época. Se suponía que en los cursos de laboratorio del instituto debíamos encontrar una respuesta. Si no era así, nos suspendían. No se nos animaba a profundizar en nuestros propios intereses, ideas o errores conceptuales. Al final del libro de texto había material que parecía interesante, pero el año escolar siempre terminaba antes de llegar a dicho final. Era posible ver maravillosos libros de astronomía, por ejemplo, en las bibliotecas, pero no en la clase. Se nos enseñaba la división larga como si se tratara de una serie de recetas de un libro de cocina, sin ninguna explicación de cómo esta secuencia particular de divisiones cortas, multiplicaciones y restas daba la respuesta correcta. En el instituto se nos enseñaba con reverencia la extracción de raíces cuadradas, como si se tratara de un método entregado tiempo atrás en el monte Sinaí. Nuestro trabajo consistía meramente en recordar lo que se nos había ordenado: consigue la respuesta correcta, no importa que entiendas lo que haces. En segundo curso tuve un profesor de álgebra muy capacitado que me permitió aprender muchas matemáticas, pero era un matón que disfrutaba haciendo llorar a las chicas. En todos aquellos años de escuela mantuve mi interés por la ciencia leyendo libros y revistas sobre realidad y ficción científica.
La universidad de la realización de mis sueños; encontré profesores que no sólo entendían la ciencia sino que realmente era capaces de explicarla. Tuve la suerte de estudiar en una de las grandes instituciones del saber de la época: l a Universidad de Chicago. Estudiaba física en un departamento que giraba alrededor de Enrico Fermi; descubrí la verdadera elegancia matemática con Subrahmanyan Chandrasekhar; tuve la oportunidad de hablar de química con Harold Urey; durante los veranos fui aprendiz de biología con H. J. Muller en la Universidad de Indiana; y aprendí astronomía planetaria con el único practicante con plena dedicación de la época, G. P. Kuiper.
En Kuiper vi por primera vez el llamado cálculo sobre servilleta de papel; se te ocurre una posible solución a un problema, coges una servilleta de papel, apelas a tu conocimiento de física fundamental, garabateas unas cuantas ecuaciones aproximadas, las sustituyes por valores numéricos probables y compruebas si la respuesta puede resolver de algún modo tu problema. Si no es así, debes buscar una solución diferente. Es una manera de ir eliminando disparates como si fueran capas de cebolla.
En la Universidad de Chicago también tuve la suerte de encontrarme con un programa de educación general diseñado por Robert M. Hutchins en el que la ciencia se presentaba como parte integral del maravilloso tapiz del conocimiento humano. Se consideraba impensable que un aspirante a físico no conociera a Platón, Aristóteles, Bach, Shakespeare, Gibbon, Malinowsky y Freud… entre otros. En una clase de introducción a la ciencia se nos presentó de modo tan irresistible el punto de vista de Tolomeo de que el Sol giraba alrededor de la Tierra que muchos estudiantes tuvieron que replantearse su confianza en Copérnico. La categoría de los profesores en el programa de Hutchins no tenía casi nada que ver con la investigación; al contrario -a diferencia de lo que es habitual en las universidades norteamericanas de hoy-, se valoraba a los profesores por su manera de enseñar, por su capacidad de transmitir información e inspirar a la futura generación.
En este ambiente embriagador pude rellenar algunas lagunas de mi educación. Se me aclararon muchos aspectos que me habían parecido profundamente misteriosos, y no sólo en la ciencia. También fui testigo de primera mano de la alegría que sentían los que tenían el privilegio de descubrir algo sobre el funcionamiento del universo.
Siempre me he sentido agradecido a mis mentores de la década de 1950 y he hecho lo posible para que todos ellos conocieran mi aprecio. Pero cuando echó la vista atrás me parece que lo más esencial no lo aprendí de mis maestros de escuela, ni siquiera de mis profesores de universidad, sino de mis padres, que no sabían nada en absoluto de ciencia, en aquel año tan lejano de 1939.
CARL SAGAN
EL MUNDO Y SUS DEMONIOS
“La ciencia como una luz en la oscuridad”
Estaba el soldado que se fue a la guerra sin fusil. Pidió uno pero se lo negaron. Creyó que hasta sus superiores estaban en contra de él y que lo mandaban directo a la muerte, a ser carne de cañón. Entró al campo de batalla con solo un par de piedras en las manos, y desde la trinchera a medio cavar comenzó a lanzar. Algunos recibían piedrazos en el corazón, otros en la cabeza, la mayoría esquivaba fácilmente los lanzamientos. El enemigo superaba casi en diez a uno, pero eso no importaba, había que luchar, había que sobrevivir. Después llegó la caballería enemiga para terminar el trabajo, lo logró con su sola presencia: dinero y supuesto poder. Dicen los medios que los superiores del soldado se aliaron con los enemigos y ahora logran vivir en relativa paz, que siempre hay demandas de ambos lados que se convierten en connatos de guerrillas pero no pasa de eso cuando ambos lados de superiores logran beneficios para sus respectivos territorios. La verdad es que actualmente la guerra sigue en silencio. La gente cuenta que los soldados de ambos bandos pelean diariamente: los del bando de nuestro soldado se han quedado todos sin fusil, los del otro bando lanzan con todo sus pesadas balas y afiladas puntas. Y la verdad es esa: Todo es una guerra de guerrillas interminable. Algunos compañeros de nuestro soldado han dimitido y se han ido lejos, gritando que nunca volverán a ese ejército; aunque muchos regresan. Es difícil dejar la guerra cuando tienes vocación de soldado. La mayoría en este bando la tiene, aunque los manden así.
Se dice que el soldado afinó la puntería, que sigue dando golpes certeros y mortales: A la cabeza, al corazón…
Despiertas. Día de trabajo. Miras el reloj despertador con cierto odio. Te pones de pie y vas al baño: la descarga obligada. Preparas todo para el baño. Te bañas. Sales de la regadera con mejor rostro. Te vistes, etcétera. A esta hora tu hijo debe estar listo para partir contigo rumbo a la escuela. Hoy no es la excepción. Pero hoy, al igual que hace unos años, no sientes la alegría de esa primera vez que le llevaste al colegio. Vamos, dices, y tu hijo te toma la mano. Salen de casa. Nos vemos al rato, gritas desde la puerta, a tu pareja que aún está durmiendo. Sales de casa. Subes al auto y lo enciendes. Tu hijo sube después ya que se le ha resbalado un poco la mochila del hombro. Apúrate que se hace tarde, imperas. Ya voy, ya voy, responde tu hijo. Una vez dentro, comienza la marcha. Un poco de tráfico, lo normal. Ningún lugar para estacionarse, lo normal. Ahí en segunda fila, además es rápido, no me tardo nada, piensas. Apagas el motor. Ya bájate, no se te olvide salir rápido a la hora de salida porque no estoy como para esperarte todo el tiempo, recuerda que tengo trabajo que hacer y pasaré rápido por ti; anda, vamos. Guías a tu hijo, pues siempre camina detrás de ti, a través de la acera, y en la puerta te detienes. Apúrate niño, rápido que se me hace tarde y dejé el auto en doble fila. Si, ya voy… te quiero, dice tu hijo y se despide dándote un beso en la mejilla. Sí, sí, respondes. Y se va. Espero no llegar tarde al trabajo, llevas eso en mente de camino al auto. Después de un viaje de treinta minutos y cinco perdidos, llegas tarde. Piensas en que por llevar a tu hijo temprano y por sus retrasos has llegado tarde de nuevo. Así, comienza tu día: revisas pendientes, ordenas a tu secretaria un café. Reunión con tu superior en cinco minutos. Su café… Sí, sí, ahí déjalo, tengo una reunión, ahorita regreso. Lo mismo de siempre durante la reunión. Regresas a la oficina una hora después. Oye, me preparas otro café, pides a la secretaría. Después de un rato, el café en tu escritorio: se pasó de azúcar, piensas, y lo haces a un lado (dejarás la taza con el café servido olvidada durante toda la jornada). Teclear hasta las dos de la tarde en el ordenador. Tu hijo sale a las tres del colegio. Tiempo de partir rumbo a la escuela. Una revisión de último momento que te demora quince minutos. Ya vas con retraso y a estas horas rumbo al colegio el tráfico es pesado. Al fin llegas. Buenas tardes señor, te dicen en la entrada del colegio. Buenas tardes, disculpe la tardanza, pero es que ya sabe: el trabajo, el tráfico… dices para excusarte. Aquí está, su hijo con todas sus cosas. Bien, gracias, hasta luego, y caminas, como es tu costumbre, delante de él, que intenta decirte que le han llamado la atención hoy por haberse envuelto en una pelea. Solo escuchas “pelea” de entre todo lo que comenta tu hijo. Cómo que pelea, con quién, que pasó, le preguntas a tu hijo levantando el volumen de tu voz. Lo que pasa es que… Interrumpes: Sabes qué, no quiero saber nada, tengo mucho trabajo, te voy a pasar a dejar y regreso al trabajo, vámonos. Conduces con más velocidad rumbo a tu casa. Qué no piensas en las consecuencias, por qué no puedes actuar normalmente, a qué te mando a la escuela, qué no ves el esfuerzo que hacemos para pagarte un buen colegio, y tú, sales con estas cosas, de verdad que abusas, regañas a tu hijo. Pero es que… intenta defenderse pero vuelves a interrumpirle: Pero es que nada, te callas. Y te pones a pensar si merece un castigo físico o si merece suspendérsele un privilegio por un mes, dos, o quizá tres… Llegas a casa y dejas a tu hijo, que entra con rostro preocupado; aún así te dice: Adiós, nos vemos al rato. No me hables ahorita que estoy muy enojado contigo, respondes. Conduces de nuevo, dirección: la oficina. Así, termina la jornada y sales sin despedirte de nadie. Llegas a casa, tu hijo ya duerme, tu pareja también, ya no recuerdas lo de la pelea, ni quieres recordarlo. Solo quieres ver televisión hasta que el cansancio te obligue a dormir. Vas a dormir. Lo normal.
Despiertas. Día de trabajo. Miras el reloj…

lectura en México
Ya no es apreciación subjetiva sino hecho científicamente demostrado: al mexicano no le interesan los libros. Se hizo todo lo posible, que conste. Y aunque haya sido en vano, hay dignidad en la derrota. Así pues, relajémonos, respiremos hondo, tomemos un descanso.
Las estadísticas avasallan. Demuestran con alevosía y ventaja, sin mostrar forma alguna de clemencia ni resquicio para el anhelado error metodológico, que al mexicano (el 99.99 por ciento) no le gusta leer. Es más, no sólo no le gusta leer, no le gustan los libros ni siquiera en calidad de cosa, ni para no leerlos ni para nada, vamos, ni para prótesis de la cama que se rompió una pata. Años de esfuerzo educativo, de aventar dinero a raudales en bibliotecas, centros culturales, publicidad, cursos, campañas y ferias, premios y becas, ofertas y descuentos, clubes y talleres, mesas redondas y presentaciones… Todo para merecer la sincera respuesta: No, no queremos leer. Que no nos interesa. Que no. Que no queremos. Que no haya libros y ya. Punto. No. ¡Que no! Ene, o = NO.
En ese desolador paisaje de estadísticas, las más tristes son las que, como recodará el lector de Letras Libres, Gabriel Zaid difundió hace poco en su ensayo “La lectura como fracaso del sistema educativo”. Una de ellas señala que hay 8.8 millones de mexicanos que han realizado estudios superiores o de posgrado, pero que el dieciocho por ciento de ellos (1.6 millones) nunca ha puesto pie en una librería. Luego de mezclar cifras y trazar constantes, el lacónico Zaid concluye: “La mitad de los universitarios (cuatro millones) prácticamente no compra libros.” Luego dice que “en 53 años el número de librerías por millón de habitantes se ha reducido de 45 a 18” en la culta capital. Es decir: a mayor esfuerzo educativo, menos lectores. Esto demuestra algo realmente inaudito: en México la clase ilustrada es aún más bruta que la clase iletrada.
Otras estadísticas que provienen de la OCDE y la Unesco. Su estudio “Hábitos de lectura” le otorga a México el sitial 107 en una lista de 108 países estudiados (el país que se ganó el lugar 108 ni siquiera se menciona porque se derritió en el ínterin). Según esos estudios, el mexicano promedio lee 2.8 libros al año. Hay sólo una biblioteca pública por cada quince mil habitantes. El cuarenta por ciento de los mexicanos nunca ha entrado, ni por error, a una librería. Existe una librería por cada doscientos mil habitantes. En todo el país hay solamente seiscientas librerías… Es obvio que las cifras están equivocadas. ¿De veras creen que en México hay una biblioteca pública por cada quince mil habitantes?, es decir, ¿encuentran verosímil que en la capital existan quince mil bibliotecas? Ni sumándoles las bibliotecas privadas. ¿Y de veras se creen que hay seiscientas librerías en el país? Y, para terminar, ¿de veras se habrán tragado eso de que los mexicanos leen anualmente 2.8 libros per capita?
Ignoro su metodología, pero conozco mi tierra. Me temo que lo más seguro es que el encuestado mexicano promedio no haya leído nada nunca y haya decidido mentir, proclive como es a la exageración y a la balandronada, en especial cuando se le encuesta o entrevista (conducta que se agudiza si el interrogador es extranjero). Es curioso que a la pregunta “¿cuántos libros lee usted al año?” lo que se le haya ocurrido contestar haya sido la babosa cifra “2.8”. A sabiendas de su propensión a gesticular, la cifra 2.8 demuestra que a ese mexicano promedio la pura idea de leer libros le resultó a tal grado misteriosa que aun creyendo exagerar, no exageró. Es decir: desde su punto de vista exageró muchísimo, pues la posibilidad de tener un libro en las manos, y además leerlo, le pareció algo tan descomunalmente raro y remoto que, de inmediato, coligió que sólo alguien muy especial podría leer uno al año. De ahí a ponerse guapo ante el entrevistador y adjudicarse la lectura de 2.8 libros anuales sólo hubo un acto de exhibicionismo.

Libro Vaquero
No quiero decir con esto que todos los encuestados hayan mentido, pero sí que la gran mayoría de la minoría que no mintió mete por igual en la categoría “libro” al directorio telefónico y al manual del usuario de su licuadora. E incluso los que con toda buena fe y limpia conciencia dijeron la verdad y efectivamente leyeron 2.8 libros en un año, de haber sido más interrogados, habrían confesado que los libros eran El libro vaquero y la fotonovela porno La pierna de Carolina. Lo anterior en lo que toca a las clases media y alta. La baja sólo leyó las aventuras legítimas de AMLO en los cómics que, gracias a sus masivos tirajes y hospitalario formato, amén de su carácter gratuito, impidieron que la estadística nos mandara al lugar 200.
Estas estadísticas han cubierto al país de vergüenza. Lo bueno es que como el país no lee, no se ha enterado de que está cubierto de vergüenza. Podrá haber precio único, y librerías en cada esquina, y libros baratos, y bibliotecas que regalen café. Y al mexicano no se le va a pegar la gana de leer. ¿Por qué? Misterio. Debe de haber respuestas, por lo menos tentativas (y que rebasen lo que ya adelantó alguno, totalmente en serio: “Es culpa de Fox”).
No, no me tomo esto a la ligera. ¿Cómo podría hacerlo si he impartido clases de literatura, de la secundaria al posgrado, desde hace casi cuarenta años? ¿Cómo, si me dedico a escribir libros (que, naturalmente, no venden ni el 0.00000008)? Pero tampoco creo que haya que rasgarse las vestiduras. En nuestro país la literatura circula más bien como zamisdat y aun así está bien y viva, y llega a quien debe y no pasa nada. O lo único que pasa es que se impone regresar a la modestia.~
Guillermo Sheridan

